Reflexión
la tristícima historia de una estúpida separación.
Por Miguel Ángel Almeida UNA BREVE HISTORIA DE CIEN AÑOS DE ILUSIÓN
Mirada de llama, color de amor, buscando consuelo, compañía y protección…
Cabello largo, rubio y de tierno corazón. Caminaba despacio, feliz, de amplia sonrisa.
Sus dos amigas, junto a ellas gastaban alguna broma y dejaban ver el transcurrir de sus horas sin preocupación.
Así la vi esa primera vez.
Fue un flechazo de primer amor. Ella no vio cuando la miré. Era en la esquina de Tucumán y Colón.
Así empezó mi primer gran ilusión.
Seguí caminando después de verlas cruzar y distraje mi mente en el examen de física que terminaba de hacer. Hice unos pasos más y volví a la misma esquina, al mismo lugar en que la había visto pasar.
Seguían caminando sin preocupación.
Pensé en alcanzarlas y decirle quién era yo. Pensé y comencé a andar. No sabía como empezar y solo pude decir: … hola cómo están…
Se hizo un breve silencio y ella se adelantó a saludar.
Caminamos un poco, ella, sus amigas y yo. No la dejaba de mirar. Debía saber quién era y si vino a estudiar… tenía la altura ideal, la risa a medida y una forma de ser surreal. No la iba a dejar escapar.
Hablamos de todo… del nombre, de carreras, de ciudades del interior, donde estudió y que soñaba ser… hablamos mucho esa primera vez; casi no quería dejarla ir, me apretaba un nudo de amor y pasión… pasión limpia, transparente, con la pureza de una suave y dulce canción.
Así la vi esa primera vez.
Así comenzó esta historia, la de un gran amor. Así empezó una maravillosa aventura que prometía cien años de ilusión. Así comenzó la obsesión más apasionada que duró veinticinco y finalmente… se destruyó.
Quizá fue la misma obsesión por no perderla y quererla sólo para mi lo que finalmente fracturó ese ardiente y apasionado afecto, para caer de a poco en el tortuoso camino impulsivo y febril. Amaba tanto su forma de ser y admiraba su vida de mujer segura y confiada, que finalmente, de tanto apretarla sobre mí, finalmente… se ahogó.
Hice esfuerzos desesperados por recobrar su aliento y devolverle su libertad y ayudarla nuevamente a volar, que, sin darme cuenta, la seguía apretando hasta que irreversiblemente… tontamente… estúpidamente… expiró.
Sin embargo, no abandoné la lucha, trataba de hacerla reaccionar. Sacudía sus brazos, le daba aire y golpeaba su corazón. No dio más señales de vida que un suspiro… un suspiro de expiración.
Dejó caer una última mirada y finalmente algo se la llevó, lejos, flotando sobre nubes de algodón, regados con sus lágrimas de llorar soledades, angustias sufridas e incomprensión.
Dejó caer un saludo de éxito y dolor y siguió su vuelo errante del que nunca más volvió.
Así terminó esta historia de los cien años de ilusión. Así se cerró el telón de un trágico acto que tuvo a cuatro víctimas de los afectos y del corazón. Así se cerraron los 25 abriles que en ese año se cumplió; y fueron cuatro víctimas de esa desenfrenada obsesión: sus dos hijos, él y su gran amor.
Se alejó volando despacio…
Se alejó volando despacio, como tardando en expirar.
Alzo su vuelo errante y como una nube… se disipó;
pero en ese día no hubo mal tiempo, ni viento, ni nubes y ni siquiera llovió,
el sol brillaba radiante como desesperado por ayudar…
pero finalmente, alzo su vuelo errante, ese día mi sueño de años
y mi gran pasión.
Vuelo errante de nostalgias,
de amor incomprendido y de doliente evocación.
Vuelo de amantes que hilaban sueños
desde la zozobra y la privación.
Vuelo de años gastados en banal discordancia
y pueril discusión.
Vuelo del sueño de diamantes, adornado con plata,
guirnaldas de oro y labrado de rojo rubí.
Vuelo del sueño con hilos de seda
para descartarse en jirones de arapos,
de un andrajoso telar.
Vuelo de cien años de perdón,
por amores robados de los sueños
y de una quimérica canción.
¿A dónde van los amores que mueren? Si desde niño yo amaba con tierna ilusión…
¿Será el lugar de ensueño de los sueños o regresan hacia su nido celestial?
¿Será que el alba que alumbró mis desdichas se llevó el áurea de tan ardiente pasión?
¿Será que fui fuente de dolor, de males predichos y de abatido pendón?
¿Será que la angustia de la incomprensión, paraliza, enajena y nubla la razón?
¿Será que amar es el verbo que más cuesta si no se siente con el corazón?
No sé adonde van los amores que mueren…
si regresan al nido cuando el alba se marchó,
o si caen a tierra y brotan como flores del campo,
teñidas de añil y de rojo carmín...
intuyo, entretanto, que no vuelven más…
y si regresa un retal cargado en el viento,
nunca será como aquel amor puro y poético cuando nació.
No dejes que los amores se mueran…
Regalos con silencios de calma, seguridad y compasión.
Regalos con agua de río, con perfume de lirio y a la sombra del perdón,
No mueren los amores y queda como si nada pasó,
Mueren también las mariposas que con alas de hadas tocaban sus arpas en agónica lira.
Mueren también el futuro, los sueños rotos y el poeta que no nació.
No se mueren los amores y retoña otro en su lugar…
Se mueren los niños del alma que no pudieron llegar.
Mueren también las alondras que cantan al amanecer,
Muere, finalmente, muere la vida y reina la muerte, exuberante, frondosa,
con funesta aura triunfal, y sombría canción.
Recuerdo esa primera vez.
Hablamos mucho, concordábamos casi en todo; y en lo que no, estábamos dispuestos en ceder.
Asi fue esa primera vez, la vez del primer beso…
Le robé una sonrisa y con una suave mirada me alejé. Me contaba ella después que vió en mí la mirada más dulce y despertó un puro sentimiento de amor, mirada que se apagó con los años y se hizo ruda, molesta, quizá sin razón.
Cada día libaba el manjar del encuentro, de la escapada ligera de una clase para verla pasar y tirar un beso al viento para que viera que la empezaba a amar. Fueron muchos los días hasta que al fin se dio; no dijimos nada, nos miramos despacio y fundimos apenas un beso como no creyendo que fuera verdad. Me alejé tomando su mano y extendiéndola hasta el final, como prolongando la dicha y acortando el tiempo para volvernos a encontrar.
Fueron muchos los meses de miradas inquietas y besos ligeros.
Éramos muy jóvenes los dos, ella 17 y 19 tenía yo. Apenas llegado a la vida y ya jugábamos al amor. Cada vez mas frecuente, los besos, las manos, las visitas, los paseos, hasta que eso no alcanzó. Decidimos casarnos; ella 19 y 21 yo. Fue la corona romántica de un encuentro casual; la historia perfecta para los soñadores y los jóvenes de hoy.
Campeamos a la vida peleando contra todo lo que nos faltó. Hicimos a puro coraje un rinconcito de amor… amor que se ahogó despacio, en el tiempo, en años y años… hasta que agonizó.
Hoy, alzó su vuelo errante… cual pábilo humente que otrora ardía con pasión, y así, sin más… se marcho.
Queda el silencio, la casa vacía, algunos recuerdos, una lágrima, su silla, algunas fotos y una débil canción.
Pero, por sobre todo, queda el silencio, un largo y sutil silencio.
¿Adonde van los amores que mueren?
Quizá… y sólo tal vez, se vuelven poesía, o recuerdos amargos o mariposas heridas o, acaso, suenan en las melodías de una tristícima canción, que emprende su vuelo errante hacía el infinito espacio de un perfecto lugar.
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