Opinión
El otro, el muerto
Por Jorge Milia
Fidel Castro Ruz renunció en la tarde del 18 de Febrero de 2008 como Presidente de Cuba y Comandante en Jefe, pocos días antes que fuera nuevamente propuesto para ese conchabo por otros cinco años.
Hace ya diecinueve meses que caía víctima de la enfermedad, o de la edad, o de las dos aliadas en su contra como si ambas fueran creadas y enviadas por el capitalismo para promover su naufragio. Tal era de esperar, opiniones, diatribas y alabanzas se multiplicaron en los medios. Desde el deshilachado y multipropósito “Hasta la victoria siempre, Comandante” de unos, al “Fidel, cabrón, muérete de una vez” de otros, fueron repetidos como letanías.
En cierto modo, Fidel, no ha tenido suerte con eso de seguir vivo. Por una parte, pasar un calvario de operaciones, cánulas y sondas parece que no fue suficiente, no se compuso como para retomar sus actividades y debió renunciar; por otra queda como una ruina humeante que impide a propios y ajenos un verdadero cambio. Como un abuelito parkinsoniano y poderoso, sentado en el rincón; alguien que está y no está, por el cual sus herederos no pueden hacer lo que quieren por temor al dedo tembloroso que los señale echándoles a perder cualquier iniciativa.
Hablar de la Revolución Cubana se hace tedioso. Cuarenta y nueve años de triquitraques celebrando el fin de una dictadura que obligaba al pueblo a ser pobre, a los hombres a no tener más horizonte que tocar el tres, el cuatro o el requinto y a las mujeres a hacerse putas, para caer en la cuenta de que cuarenta y nueve años después los hombres siguen tocando lo mismo y que hay más jineteras que entonces. Al final, la diferencia, miles de muertos más tarde, es que en la época de Batista andaban en autos nuevos y ahora andan en autos de la época de Batista; que entonces podían irse libremente y ahora no. Algo cambió, es cierto. La salud pública, por ejemplo, la prueba es Fidel, pero los medicamentos tampoco son para todos; la educación también, no hay más analfabetos, pero poder leer algo más que el Granma no es fácil.
A lo largo del tiempo Castro Ruz supo inclinar las velas a los vientos propicios de la Unión Soviética y barrenar con suerte sobre las olas de la Guerra Fría. Duró más de los que muchos desearan y otros esperaran. Aprovechó para exportar su revolución a los pobres de una y otra parte del mundo sin conseguir que ésta cuajara en esos lugares, pero su recuerdo, ya sea en Angola como en Sud América, sólo se cuenta en muertos, preferentemente pobres. Menudo regalo, Comandante, no se hubiera molestado. El turismo bélico también sembró de esqueletos cubanos esas latitudes no propicias, pero la isla siguió gozando de su status y siendo más isla que nunca. Es decir que nunca estuvo más aislada.
Es casi lastimoso ver cómo mucha gente se preocupa porque estando vivo Fidel no podrá haber democracia en la isla. No se quieren dar cuenta que estando muerto, tampoco. Y no sólo en la isla, ni aquí o allí. Porque es triste aceptar pero a la fecha ya no existen ni la democracia ni la revolución, sólo sus cadáveres, movidos como autómatas, justamente por quien supo matar a ambas, la corrupción.
El Siglo XXI que muchos soñaban como un siglo del espíritu, el que, inaugurando el tercer milenio, daría entrada a la humanidad a una nueva era solidaria y mística, se perfila como la antítesis. Un mundo hedonista, chato, plano y blando como el barro original antes del soplo divino, ha hecho perder al hombre el sentido de aquel adagio latino, “per asper ad astra”. Ya nadie quiere alcanzar con su esfuerzo las estrellas, arrastrarse es más cómodo.
Pero la democracia y la revolución se siguen declamando, mintiendo la igualdad ante la ley y las oportunidades. La hipocresía general la acepta, todos podemos ser presidentes. Pero aclaremos: Todos los que podamos agenciarnos de algunos cientos de millones de dólares de nuestro pago o de la revolución y ponerlos fuera del alcance de los otros. No por el valor intrínseco del dinero sino por el poder que detenta y el respaldo que da. Fidel también lo entendió así y su fortuna creció hasta los novecientos millones de dólares. Tampoco es tanto rapiñando cuarenta y nueve años, aquí lo superamos, pero para un revolucionario es aceptable.
El problema de presidentes millonarios es que no creen haber sido elegidos para gobernar sino haber comprado su país, ergo ¡Minga de democracia! Son autócratas. Sean del signo que sean. Y así, los jefes de estado han dejado de diferenciarse por ser demócratas o revolucionarios para hermanarse en la plutocracia y los presos políticos, una serte de bloqueo a la conciencia que aún para un autócrata es necesaria. Lo grave en este mundo de la consecución del dinero-poder es que los que mayores posibilidades tienen son los narcos, y la pregunta del millón, o de los mil millones, es si en realidad no son ellos quienes nos están gobernando.
Fidel Castro Ruz terminó su ciclo, seguirá molestando un poco más en tanto se lo permita la parafernalia médica. Que no nos engañen los homenajes que lo pintan como un viejito bueno, un Papá Noel antillano y tropical, o un adalid del pueblo y de la revolución. Ni tampoco las diatribas que muestran sus mayores miserias. La realidad es que él – como la mayoría de sus colegas contemporáneos, jefes de estado de aquí y allá – no hizo nada por un mundo mejor y quienes lo tienen de ejemplo tampoco lo harán.
Jorge Milia
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